+ 4 años,+ 6 años,AVENTURAS

Una pirata de sombrero blanco

Texto: Isolina Espinosa & Ilustraciones: LLúcia Carbonell

El destino de Pandora estaba escrito desde el mismo momento en que nació. Fue una noche tempestuosa, una noche sin luna, una noche hace cientos de años, una noche en la que tan solo la luz de un candil hacía compañía a su madre.

Lo primero que Pandora pudo conocer fue el mar, el inmenso e inacabable mar. De hecho, no fue hasta que cumplió los cinco años cuando, por primera vez en su vida, pisó tierra firme. Las primeras palabras que pronunció fueron ‘mamá’ y ‘barco’. Más adelante comenzaron a formar parte de su vocabulario otras como ‘botín’ o ‘al abordaje’.

Pandora era hija de dos de los piratas más temibles de la historia de los mares, el pirata Tiago el Malvado y la pirata Helena la Indeseable. Para ella habían construido un futuro prometedor en el que comandaría una flota de veinte barcos formada por una tripulación de más de dos mil bucaneros.

Lo que jamás habían imaginado es que el destino de Pandora sería otro bien distinto.

***

A la edad de siete años Pandora era una niña de pelo largo, pelirroja y repleto de rizos. Nunca había jugado con muñecas, pero sabía lo que significaba abordar un barco para robarle el oro; nunca había jugado con otros niños, pero presentía que este no era su lugar; nunca había estado con gente buena, pero soñaba con conocerla.

Una mañana tremendamente calurosa sucedería algo que iba a cambiar por completo el porvenir de Pandora. El pirata Tiago divisó con su catalejo un galeón que izaba la bandera de uno de los reinos más poderosos del mundo, el Reino de los Maija. La orden de atacarlo fue recibida rápidamente en todas las embarcaciones y en cuestión de minutos ya navegaban a toda vela hacia su objetivo.

Pandora se ató, una vez más, su pañuelo blanco a la cabeza en señal de protesta y corrió al escondite secreto que sus padres le habían construido: era una pequeña cámara desde la que poder ver todo lo que sucedía en los abordajes y, así, aprender a saquear barcos. Pero Pandora había dejado de observar estos ataques hacía mucho tiempo. No le gustaba lo que veía.

***

—¡Al abordaje! —vociferaba el pirata Tiago.

—¡Quiero todo el botín! —gritaba la pirata Helena.

—¡A por ellos!  —se oía una y otra vez.

Los piratas parecían haber asustado a la tripulación del galeón, que había replegado velas para dejar de navegar y se escondía en las bodegas. O eso creían los piratas, que ya se frotaban las manos porque pensaban que el saqueo iba a resultar pan comido.

Una vez saltaron a la cubierta, los bucaneros se dieron cuenta de que algo no iba bien, de que tanto silencio era demasiado sospechoso. De repente, comenzó a escucharse un ruido extraño: era el sonido de las pequeñas bolas que comenzaban a rodar por cubierta. Decenas, cientos, miles de bolas que hicieron perder el equilibrio a los piratas y caer indefensos al suelo. Fue en ese momento cuando, desde lo alto de los mástiles que sujetaban las velas, cayeron unas redes que los atraparon. Los padres de Pandora ya no tenían escapatoria.

***

Los piratas desconocían algo muy importante. Y ese algo era que si el Reino de los Maija había conseguido ser tan grandioso era por el uso de un arma mucho más poderosa que la fuerza: la imaginación. En el Reino de los Maija estaba prohibido el uso de espadas, arcos, lanzas o cualquier otra herramienta que pudiera hacer daño. De esta forma, no les quedaba más remedio que agudizar su ingenio para luchar contra quienes querían hacerles daño. ¡Y qué duda cabe de que lo agudizaron mucho!

Además, los maigicos, como así se llamaban los habitantes de este reino, tenían otra gran virtud: eran gente de gran de corazón. Es por eso que su intención no era hacer daño a los piratas, sino, más bien, evitar que pudieran seguir cometiendo fechorías.

***

Unas horas después del abordaje, los maigicos habían conseguido su propósito, que no era otro que dejar exhaustos a sus prisioneros, que seguían en cubierta bajo el insoportable sol de media mañana. Había llegado el momento de negociar, ya que agotados como estaban, sería más fácil conseguir su rendición. Pidieron, entonces, hablar con el cabecilla de los piratas. Cuál fue la sorpresa de todos cuando Pandora salió de su escondite secreto para convertirse en la nueva capitana. Por la ley de los piratas, ahora todos debían obedecer sus decisiones.

Los maigicos se quedaron boquiabiertos al ver a Pandora. ¿Cómo podía ser que una niña viajara en un barco con hombres tan malvados? Sus padres, sin embargo, se sintieron orgullosos de ella, aunque en unos minutos su opinión cambiaría por completo.

***

Los maigicos pidieron tres cosas a Pandora a cambio de devolver a los prisioneros: todas y cada una de sus armas, para que nunca más pudieran hacer daño a nadie; la mitad de sus carabelas, para poder transportar más alimentos a los habitantes de sus pueblos; y todo el oro que hubieran robado, para comprar semillas y cultivarlas en sus campos.

Pandora tan solo añadió una condición para acceder a esas peticiones: poder irse con ellos. ¡Sí! ¡Como lo oís! Sus padres y el resto de piratas no podían creer lo que estaban oyendo. Los maigicos, por su parte, nada tenían que perder, así que decidieron aceptarla como invitada.

***

Con paso firme, cabeza alta y orgullosa de la decisión que había tomado, pero con el estómago encogido y el corazón helado, Pandora agarró la cuerda con la que daría el salto más importante de su vida.

Una vez en el galeón que unas horas antes habían abordado sus padres, los pasajeros la recibieron con algo de comida y mucho cariño. Había hombres, mujeres y niños, todos con cara de asombro y entusiasmados por sumar a su familia a una personita tan peculiar.

***

Gracias a su valentía Pandora pudo escapar del barco pirata y aventurarse en un nuevo futuro que, aunque era incierto, al menos no era el que estaba escrito para ella y que tanto aborrecía.

Pero su valor tendría recompensa y, aunque todavía no lo sabía, su destino había tomado un rumbo que le llevaría a la felicidad. Los habitantes del Reino de los Maija eran gente amable, acogedora y divertida, y todas las personas que ponían sus pies en estas tierras nunca jamás las abandonaban. Y nuestra pirata de sombrero blanco no iba a ser la excepción.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la chimenea se ha esfumado.

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