Texto: Isolina Espinosa
De día eran dos caballos más en el establo. Vivían felices porque todas las mañanas un grupo de niños les esperaba entusiasmado a que terminaran su desayuno a base de alfalfa y zanahorias.
El ritual de trabajo siempre era el mismo: los niños les cepillaban el pelaje y los monitores les colocaban las monturas. Después, a todos les esperaba un paseo por el bosque; en verano, a la sombra de los árboles para refrescarse, y en invierno, buscando los rayos de sol que se colaban entre las ramas.
Inca era un hermoso caballo negro, fuerte y con gran porte. Veleta, una yegua blanca, rápida y elegante. En la escuela de equitación eran, con diferencia, los preferidos de los más pequeños por su carácter apacible y su docilidad.
De noche, la vida cobraba una nueva dimensión para ellos, una dimensión mágica y llena de aventuras. Ambos se transformaban en dos bellas criaturas fantásticas: Inca en un caballo alado, un pegaso, y veleta en un unicornio.
***
A la luz de la luna y bajo las estrellas, Inca y Veleta se sentían ellos mismos, pero al mismo tiempo estaban condenados a no verse, a estar distanciados, a vivir cerca pero, a la vez, lejos el uno del otro.
Ambos pertenecían a dos de las estirpes más poderosas del mundo; unicornios y pegasos habían sido elegidos por la Diosa Fábula para convertirse en los guardianes del mal. Desde hace miles de años, su cometido era el de proteger a los habitantes de la tierra de su propia maldad para asegurar su supervivencia y su bienestar. Para ello, la Diosa Fábula les había otorgado el don de neutralizar el mal, un poder que no podía depositarse en manos de cualquiera, puesto que si no se utilizaba bien podía suponer la destrucción del mundo.
De esta forma, Fábula había reconocido la bondad y la nobleza de estas criaturas mágicas. Sin embargo, este poder tenía un precio: la renuncia a la libertad. Los unicornios cuidarían del planeta desde los valles y las montañas; los pegasos lo harían desde el cielo y las nubes. Siempre separados. Jamás unidos. Era una regla inquebrantable. A cambio, les otorgaba la vida eterna y un mundo amable en el que habitar.
Tanto los unicornios como los pegasos conocían las consecuencias de romper la norma que la Diosa Fábula les había impuesto: la extinción de sus estirpes, el dominio del mal, el fin de la vida tal y como la conocían hasta ahora, la era glacial, el frío. Ya había sucedido antes, hace cientos de miles de años.
***
Desde bien pequeño, Inca había demostrado ser un pegaso especial. Sus alas plumadas eran grandes y deslumbrantes. Su pelaje, de color negro con reflejos plateados, brillaba tanto en la oscuridad de la noche que, a veces, se confundía con estrellas fugaces.
Precisamente, era la grandeza de sus alas la que le permitía volar hasta los lugares más lejanos y recónditos, en donde el mal, que siempre adoptaba la forma de una nube negra maloliente, podía hacerse más fuerte. Inca lo atrapaba y lo convertía en nubes de tormenta que descargaban el agua que necesitaban los ríos, los mares y los océanos. Pero Inca tenía algo todavía más especial que todo eso, algo que solo conocían él y su familia: ¡era uno de los hijos de la Diosa Fábula!
***
Veleta era valiente, era curiosa, era atrevida y, aunque eso le traía problemas, también le permitía correr grandes aventuras y ejercer su don como ningún otro unicornio. Además, tenía tanta bondad interior que ni el peor de los males se le resistía. Era capaz de atrapar el mal con su cuerno mágico y transformarlo en energía que devolvía a la Tierra para hacer crecer los árboles y plantas que daban cobijo y comida a los animales.
Su destino era suceder a su madre. Era la mayor de sus hermanos y la más preparada, pero ¿era la que más lo deseaba? Veleta nunca pensaba en su futuro como reina de todos los unicornios. Lo veía como algo muy lejano, aunque ese futuro cada vez estaba más cerca. ¿Sería capaz de renunciar a su libertad para adquirir la responsabilidad más importante de su vida?
***
Inca y Veleta eran grandes amigos. Cuando se encontraban en el establo a primera hora de la mañana experimentaban una sensación agradable, pero también amarga. Podían estar juntos, divertirse, pasear o cabalgar con toda normalidad, pero eso mismo les estaba completamente prohibido en la oscuridad de la noche.
No obstante, no solo ellos tenían el privilegio de habitar la Tierra durante el día. Durante cientos de miles de años, unicornios y pegasos habían visto cambiar el mundo al ritmo que marcaba el ser humano, junto a él: habían conocido la época de las cavernas, la creación del fuego, el invento de la rueda, la construcción de las pirámides, la llegada a la luna, la creación de Internet, la invención de WhatsApp… Pero nunca jamás habían convivido juntos, ni de noche ni de día. Ese privilegio solo estaba reservado a Inca y Veleta. Ellos habían sido el gran error de la Diosa Fábula, un error que, de momento, no tenía consecuencias. ¡De momento!
Por la noche, cuando el último rayo de sol se esfumaba, su misión y la de todos sus compañeros era buscar incansablemente el mal. Para ello, solo tenían que seguir su instinto. Unas veces el mal se escondía tras las cuatro paredes de una casa abandonada; otras, bajo las copas de los árboles; en ocasiones, debajo de los puentes; pero, siempre, donde la oscuridad era absoluta para no ser descubierto.
***
La noche de San Juan, en el mes de junio, es conocida por ser la más larga del año, y también por ser una de las más tenebrosas y malignas. Esta vez, además, Inca había tenido una sensación muy extraña, como si algo malo fuera a pasar, y ya sabía por experiencia que siempre que tenía esos presentimientos las noches no acababan igual que comenzaban.
No había avanzado mucho la noche cuando Inca se cruzó con otro caballo alado, su amigo Furia, quien le avisó de que una gran nube de humo negro se ceñía sobre el cañón del río Murta y que necesitaba ayuda para atraparla.
El río Murta era un río especialmente peligroso para los pegasos, ya que discurría entre montañas muy altas y abruptas que dejaban poco espacio para poder maniobrar con sus grandes alas. No era la primera vez que un pegaso se quedaba atrapado allí.
Inca acompañó a Furia hasta el lugar donde su amigo le indicó. Desde lo alto de las montañas ya se atisbaba que la nube era grande y espesa, y su olor fétido revelaba que llevaba mucho tiempo campando a sus anchas.
Para bajar hasta el río, donde se había escondido la nube, Inca tubo que recoger sus alas. Saltando de risco en risco logró acceder al fondo del cañón. Furia fue tras él. Con mucho cuidado, Inca pudo acercarse, y lo que descubrió le puso los pelos de punta. Ahora entendía las malas vibraciones que había sentido poco antes.
Tras el humo no parecía ella, pero su hermoso cuerno la delataba. Veleta había sido atrapada por el mal, estaba tumbada en el suelo, inconsciente. No obstante, ese no era el mayor de los problemas; Furia le recordó a su compañero que no podían incumplir la regla sagrada, por lo que una vez vencido el mal debían irse y dejar a Veleta.
***
Al abrigo de las montañas, el mal se había hecho poderoso, pero no lo suficiente para plantar cara a Inca y a Furia. Con la fuerza de sus alas lograron hacerlo ascender sin dificultad hacia el cielo. No tardó en caer un buen chaparrón; era el regalo que los dos pegasos acababan de ofrecer a la madre naturaleza.
Lo verdaderamente difícil fue ver a Veleta en el suelo y no poder acercarse a ella. Parecía estar bien: movía ligeramente sus patas y su cuerno todavía emitía luz. Sin embargo, no tenía fuerzas para levantarse.
—Vámonos Inca. Veleta conseguirá levantarse y el mal ya está neutralizado —le apremió Furia—.
Inca gritó de rabia. No quería dejarla sola, pero no podía hacer nada más por ella. La regla lo prohibía. Impotente, alzó el vuelo y se marchó. Los pensamientos se le agolpaban en la cabeza. «Es una regla inquebrantable», se decía una y otra vez intentando justificar su huida. «Es mi amiga Veleta, no puedo abandonarla a su suerte», se repetía también a cada momento. «¿Por qué nos has puesto esta condición?», le recriminaba en silencio a su madre, la Diosa Fabula.
Furia no dudó en volver a recordarle a su amigo lo que podía llegar a pasar si incumplía la norma. No quería que cometiera ninguna locura; sin embargo, la locura ya llevaba un buen rato rondando por su cabeza. «¿Quién podría darse cuenta? Volveré únicamente para comprobar que Veleta se ha recuperado y me marcharé», concluyó para sí mismo Inca.
En cuestión de minutos recorrió el camino de vuelta. Nunca se había visto a un alado volar a tal velocidad. Se asomó al cañón en busca de Veleta, pero ya no estaba. «Seguramente habrá conseguido levantarse y volver al establo», pensó. Más tranquilo, batió sus alas en dirección al mismo sitio.
«Después de todo, la noche parecía haber tenido un buen final», concluyó el pegaso.
***
Con los primeros rayos de sol pegasos y unicornios perdían sus cuernos y sus alas. Como tocados por una varita mágica, desaparecían entre pequeñas ráfagas de purpurina que envolvían a cada criatura, y con ellos también desaparecían sus poderes.
Al amanecer, a Inca le esperaban su desayuno y su amiga Veleta, que casi siempre era la primera en llegar al establo. Nada más entrar ya notó algo extraño. Eso que sintió no era otra cosa que la su ausencia. No estaba ni en su cama, ni en el comedero, ni en el bebedero. Creyó que podría encontrarse algo dolorida y por ello tardaría más en llegar, pero lo cierto es que ese día Veleta no iba a aparecer.
***
Al caer el sol, Inca le contó a su padre lo había sucedido la noche anterior con la esperanza de que le ayudara a encontrarla.
—¡No podemos infringir las normas, Inca! —le dijo su padre enérgicamente.
—Pero es la princesa Veleta, la sucesora de los unicornios —replicó Inca.
—Ya sabes que lo que les sucede a los unicornios es problema de los unicornios y lo que nos sucede a los pegasos es problema nuestro.
—¡Pero es mi amiga, papá! —volvió a replicarle Inca.
—Son las normas —zanjó la discusión su padre.
Inca no tuvo más remedio que desobedecerle para ayudar a su amiga. Su única preocupación era saber cómo y dónde estaba, así que volvió al río a buscarla. Durante horas lo sobrevoló desde su nacimiento, en la alto de las montañas, hasta su desembocadura.
Después de varias horas volando sin cesar, Inca necesitaba parar para descansar y ordenar sus ideas. «Si Veleta está herida no puede haber ido muy lejos», pensó. Así que decidió que lo mejor era descender a tierra y recorrer palmo a palmo el río. Eso significaba saltarse la única pero inquebrantable norma de la Diosa Fábula, ya que este era un terreno reservado exclusivamente a los unicornios.
***
Inca no lo pensó dos veces, volvió de nuevo al lugar donde había visto por última vez a Veleta, posó las pezuñas en el suelo y comenzó a andar. Escudriñó cada rincón y cada hueco en la pared de la montaña que bordeaba el río hasta que, por fin, dio con una pista: un rastro de purpurina depositada en una roca.
No le costó mucho localizar más rastros de purpurina que indicaban que Veleta había caminado río arriba, adentrándose en un entorno cada vez más y más estrecho. Unos minutos después descubrió a su amiga echada en el suelo, medio dormida, sin fuerzas para moverse. Sus ojos se abrieron repentinamente cuando reconoció la voz de Inca.
«Veleta, despierta, tenemos que irnos de aquí —le susurró el pegaso—». El unicornio sonrió y su cuerno volvió a centellear. Con la ayuda de sus alas Inca le ayudó a beber agua. También le trajo algo de hierba para que cogiera fuerzas. Con mucha ternura, consiguió que se pusiera en pie y comenzara a andar. Veleta le explicó que la nube negra de la noche anterior le había robado la energía y que había llegado hasta allí huyendo de otras fuerzas malignas que se escondían a lo largo del cañón.
Lo que estaban haciendo no estaba permitido bajo ningún concepto, y sentían alegría y miedo a partes iguales. Alegría por reencontrarse y miedo por lo que pudiera pasar si la Diosa Fábula se enteraba. Sin embargo, una fuerza superior estaba dominando sus impulsos: era la fuerza de la amistad.
***
Con paso lento, las dos criaturas mágicas consiguieron llegar hasta una zona más amplia que les permitía continuar el camino con mayor facilidad, pero justo allí el mal les aguardaba de nuevo. Esta vez era una nube mucho más grande y nauseabunda que la de la noche anterior. A pesar de la rabia que Inca acumulaba, le iba a costar hacerle frente y, al mismo tiempo, proteger a Veleta. Tanto que, poco a poco, la nube le fue envolviendo igual que las arañas atrapan a sus presas en la telaraña.
Cuando todo parecía estar perdido, súbitamente el cuerno de Veleta comenzó a brillar. El unicornio logró sacar fuerzas de donde ya casi no le quedaban para apuntar a la pestilente nube y neutralizarla. Como por arte de magia, la asquerosa nube negra se convirtió en una pequeña planta que brotaba de la tierra.
Inca y Veleta emprendieron de nuevo el camino, ahora por separado: el pegaso corrió en dirección a las nubes y el unicornio bosque a través. Ninguno sabía qué era lo que podía suceder a partir de ese momento, cuáles serían las consecuencias de sus actos, aunque pronto la Diosa Fábula se lo iba a hacer saber.
Fábula era consciente de que en más de una ocasión su regla había sido transgredida, pero siempre por motivos sin importancia y en momentos muy puntuales y hasta justificados, como era este. Sin embargo, era la primera vez que uno de sus hijos rompía la norma y Fábula estaba muy disgustada.
***
Cinco jornadas completas, con sus noches y sus días, estuvo sin parar de llover. Por las mañanas, ya ningún niño esperaba a Inca y Veleta. Por la noche, el trabajo de unicornios y pegasos era tremendamente complicado, tanto que durante esos días no habían podido dar caza a ninguna nube negra.
Todos tenían la esperanza de que pronto cesaran las lluvias torrenciales, los truenos, los relámpagos y el viento que soplaba enloquecidamente. Y sucedió. Finalmente, terminó de llover y un arcoíris enorme cruzó el cielo hasta donde la vista alcanzaba. Ya de noche, la luna brillaba con tanta intensidad que eclipsaba el resplandor de las estrellas.
Veleta, ansiosa de aventuras, fue directa a perderse en el bosque. Nuestro unicornio trotó, galopó, caminó tranquilamente…, en definitiva, disfrutó de su libertad. De pronto, su cuerno comenzó a emitir destellos. Eso significaba que el mal estaba cerca, solo tenía que seguir su instinto para encontrarlo. Cuando dio con él, vio que se trataba de una pequeña nube negra, tan pequeña que casi no desprendía mal olor, así que el trabajo iba a ser fácil. Se acercó a ella y con su cuerno se dispuso a neutralizarla. Sin embargo… ¡¡¡no lo consiguió!!! «¿Qué me está pasando? —se preguntó asustada— ¿Por qué no puedo neutralizarla?».
A la noche siguiente volvió a sucederle lo mismo. Y a la siguiente. Y a la otra. Veleta estaba atónita, preocupada y confundida. Era la sucesora al trono de los unicornios y… ¡¿había perdido su poder?!
***
Pasadas unas semanas, seguía igual. Su cuerno era capaz de guiarla en busca del mal, pero solo eso. En una de esas ocasiones, Veleta llegó hasta el conocido como lago de Pandora, pero allí no había ninguna nube negra. Solo vio una figura negra a lo lejos que la sobresaltó, pero pronto el miedo dio paso a la sorpresa. ¡Era Inca!
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Veleta.
—He venido en busca del mal, pero no encuentro nada —le contestó mientras batía sus alas en lo alto.
Ambos se miraban extrañados. Al mismo tiempo, una estrella comenzó a brillar más que las demás acercándose hacia el lago. Cuanto más se cerca estaba, mejor entendía Inca lo que sucedía
—Es la Diosa Fábula —murmuró el pegaso.
Una majestuosa figura posó sus pezuñas sobre el mismísimo lago. Era un ejemplar grandioso, de color negro y alas blancas. Veleta no acertaba a entender si era un pegaso o un unicornio, puesto que tenía cuerno y alas. Inca sí lo sabía: su madre era un unicornio alado, una estirpe reservada únicamente a los dioses.
***
—¿Sabéis por qué os reunido en este lugar? —La Diosa Fábula no se andó con rodeos. Su voz era dulce e imperativa al mismo tiempo.
—Sí —Contestó Inca sin dudarlo. Mientras, Veleta no podía dejar de admirar la belleza de la Diosa Fábula.
—¿Sois conscientes de que habéis roto la única regla que os han impuesto los dioses?
—No era nuestra intención… —se adelantó a decir Veleta.
—Por favor, ¡no sigas! — la interrumpió Fábula.
El unicornio agachó la cabeza como signo de obediencia a los dioses. Inca interpretaba estos códigos más bien como signos de sumisión, y no le gustaban nada.
—Os quiero contar una historia que sucedió hace miles de años en este mismo lugar—continuó Fábula—: una niña llamada Pandora encontró muy cerca de este lago un bonito cofre de color dorado. Pandora lo llevó a casa de sus padres para que le ayudaran a abrirlo, ya que estaba cerrado con llave. La respuesta de sus padres, sin embargo, no fue la que ella esperaba: «Hija, este cofre no es tuyo, tendrás que devolverlo al lugar donde lo encontraste» —le dijo su madre.
—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó Inca.
—Mucho más de lo que puedes imaginar —replicó Fábula.
La Diosa Fábula continuó con su relato:
—Cuando Pandora llegó al lago depositó el cofre en el mismo lugar del que lo había cogido, y sin dejar de mirar hacia atrás, se marchó. Como era de esperar, la curiosidad fue más fuerte que ella y poco tardó en volver a por él. Esta vez, se las ingenió para abrirlo sin ayuda, pero cuando consiguió forzar la cerradura pasó algo inesperado. Del cofre comenzaron a escaparse todos los males que durante milenios había encerrado: la envidia, la codicia, la avaricia, la tristeza, los celos… Por suerte, Pandora pudo cerrarlo justo a tiempo, dejando dentro de él algo muy poderoso, un sentimiento que iba a salvar a la humanidad de cualquier adversidad: la esperanza.
—Sigo sin entender nada, mamá —absorto en la historia de la Diosa, Inca mencionó la palabra innombrable, ya que nunca le había revelado su secreto a Veleta. Y, claro está, Veleta se quedó estupefacta.
—Vosotros, pegasos, siempre habéis pertenecido a una estirpe caracterizada por la bondad, la nobleza y la inteligencia. Y vosotros, unicornios —se dirigió a Veleta—, por la pureza de vuestro corazón. Por esos motivos, fuisteis los elegidos por los dioses para atrapar todos los males que Pandora dejó escapar.
—¡Y así lo hacemos, Diosa Fábula! —protestó Veleta—.
—Lo que no entendemos —continuó Inca— es por qué no podemos convivir.
Fábula no tenía respuesta para esa cuestión. ¿Cómo explicarles que esa regla había sido el capricho de los dioses que regían su destino? Ellos, que eran conscientes de la buena relación entre unicornios y pegasos, de su inteligencia y su valentía, tenían miedo a que pudieran arrebatarles su autoridad. Los dioses no eran tan poderosos como habían hecho creer al mundo entero. Tenían poderes extraordinarios, sí, pero su mayor fortaleza era su capacidad para hacer creer al mundo entero que ellos lo manejaban todo.
—¡Porque es necesario! —acertó a decir Fábula—. ¡Y porque es una orden de los dioses!
—Si tú y los demás dioses fuerais seres bondadosos no daríais órdenes, sino que nos explicaríais los motivos —replicó Inca enfadado.
—Vosotros —continuó diciendo la diosa Fábula a Veleta— habéis cometido el mismo error que Pandora: no hicisteis caso a lo que se os ordenó y, muy a mi pesar, los dioses debemos tomar medidas.
—¿Por qué? —preguntó Veleta—.
—Porque hay que respetar un orden si queremos vivir todos en armonía —añadió Fábula.
—¿Y quién decide cuál es el orden? —intervino Inca.
—Los dioses, Inca, siempre los dioses —dijo Fábula.
—¿Y nunca nadie ha incumplido la ley? —preguntó Inca.
—Nunca un hijo mío —concluyó la diosa.
Luego, alzó sus majestuosas alas y cabalgó más allá de las nubes, hacia no se sabe dónde habitaban los dioses. Inca y Veleta también emprendieron su propio viaje de vuelta, por separado, sin despedirse y sin saber si el castigo impuesto por los dioses era temporal o para siempre.
***
Un nuevo día amanecía en el establo. Por supuesto, Veleta le preguntó a Inca por qué motivo le había ocultado que era hijo de la diosa Fábula.
—Porque siempre me he avergonzado de ello. Aunque mi madre es uno de nuestros dioses, nunca he estado de acuerdo con la separación de unicornios y pegasos —esta vez Inca no le mentía.
La tarde fue algo más llevadera que la mañana, que para ambos había transcurrido intentado asimilar las palabras de Fábula. Por suerte, tenían sesión de terapia con un grupo de niños con dificultades especiales. Esas sesiones eran verdaderamente gratificantes no solo para los niños, sino también para los caballos. Los niños les acariciaban la crin, les peinaban la cola y hasta les abrazaban. También montaban sobre sus lomos con los ojos desbordantes de alegría. Por suerte, lejos quedaron aquellos tiempos en que los caballos eran usados casi exclusivamente para hacer la guerra o como animales de carga, sin sentimientos.
***
Transcurrieron las semanas e Inca y Veleta seguían sin recuperar sus poderes. Eso significaba que Veleta ya no podría ser reina de su estirpe e Inca ya no era aplaudido entre los suyos por su valentía. No obstante, a ninguno de los dos les importaban mucho esos reconocimientos; lo que más triste les ponía era no poder ayudar en la lucha contra el mal. Ahora eran criaturas mágicas, pero sin magia.
Poco a poco, intentaron acostumbrase a la nueva situación. Para Veleta era fácil buscar tareas con las que distraerse, pero para Inca no tanto: no dejaba de pensar por qué su madre había sido capaz de retirarles su don; se sentía frustrado ya que para él ese era precisamente el mejor de los regalos que le otorgaba su condición de pegaso.
Una noche quiso poner fin a esa situación y comenzó a cabalgar cielo adentro en busca del territorio de los dioses. Atravesó nubes, bordeó estrellas, dejó atrás la luna y esquivó meteoritos y basura espacial. Ya agotado y sin éxito, emprendió el viaje de vuelta. Tan exhausto se encontraba que cuando sobrevolaba el río Murta sus reflejos le traicionaron y acabó enganchando su pata en la rama de un árbol, lo que le hizo caer al suelo.
Inca estaba muy dolorido, una de sus alas parecía haberse roto y las patas delanteras le dolían a rabiar por la caída. Además de frustrado, ahora se encontraba inmóvil e indefenso. Intentó incorporarse y, a duras penas, ando un par de metros, pero sus fuerzas le fallaron y no tuvo más remedio que echarse a descansar.
Mientras, Veleta le esperaba en el establo. Inca no era puntual, ya que siempre se entretenía a última hora con alguna nube repugnante que el pegaso era incapaz de dejar suelta. Ya entrado el mediodía, Veleta sabía que no iba a aparecer. En el establo, los cuidadores pensaban que se trataría de una esas noches en las que Inca, dominado por su instinto de libertad, escapaba para correr hasta que se cansaba o le entraba hambre y volvía. Su amiga, esta vez, no pensaba lo mismo.
***
Al caer el sol, Veleta se dispuso a ir en su búsqueda, igual que meses antes lo había hecho él a pesar de las consecuencias. No sabía por dónde empezar, así que se dejó guiar por su instinto. Sin darse ni cuenta, el unicornio apareció en el mismo lugar en el que anteriormente la Diosa Fábula se había mostrado ante ellos: el lago de Pandora. Veleta pensó que lo mejor sería pedirle ayuda, así que la invocó:
—¡¡¡Diosa Fábula!!! —gritó tan alto como pudo.
—¡¡¡Diosa Fábula!!! — gritó todavía más alto.
Fábula no se mostró ante ella. Furiosa, Veleta gritó de nuevo, pero esta vez reclamó la presencia de los pegasos:
—¡¡¡Pegasos!!! ¡Necesito vuestra ayuda!
Sorprendentemente, los alados sí que aparecieron. Aquello le hizo pensar a Veleta: en su ayuda no acudían los dioses, pero sí los alados. Quizá los dioses no fueran seres tan extraordinarios como ella creía.
—Uno de vuestros compañeros, mi amigo Inca, ha desaparecido —comenzó a contar Veleta—. Llevo horas buscándole, pero no le encuentro. Necesito que me ayudéis. Supongo que sabéis que ha perdido sus poderes y eso puede ser muy peligroso para él.
—Yo comencé a buscarle anoche y tampoco lo encuentro —contestó Furia.
—Vosotros con vuestras alas sois infinitamente más rápidos que yo —siguió diciendo Veleta—. Cabe la posibilidad de que haya sido atrapado por una nube negra y que lo esconda en nuestro territorio, pero sin vuestra ayuda no podré encontrarlo.
—¡Iré contigo! —La respuesta le sorprendió a Veleta, pero mucho más a sus propios compañeros.
Era el padre de Inca, un pegaso íntegro y leal a los dioses, pero sobre todo y ante todo, a su familia; para él sus hijos estaban por encima de cualquier cosa.
Se acercó a Veleta, plegó sus alas y se colocó a su lado. Esa era una clara muestra de rebeldía hacia los dioses, y las consecuencias ante un acto premeditado podían ser incalculables. Al otro lado de Veleta se colocó Furia. El unicornio comenzó a correr y, uno a uno, se le sumaron los demás pegasos, que se diseminaron por el bosque para ganar tiempo.
***
Inca guardaba sus fuerzas, que ya eran pocas, a la espera de que alguno de los pegasos le encontrara, algo bastante improbable ya que las copas de los árboles le escondían a la vista de cualquier alado que sobrevolara el cielo. De repente, escuchó un ruido que le desbocó el corazón, pues en caso de tratarse de una nube negra sabía que estaba perdido. Optó por quedarse en el más absoluto silencio para no llamar su atención. Los ruidos dejaron de escucharse y poco a poco fue tranquilizándose.
—¡¡¡Inca!!! —escuchó pavoroso tras de sí—.
En un momento, la noticia de su hallazgo llegó hasta los oídos de Veleta, de Furia y de su padre. En cuestión de segundos aparecieron ante sus ojos y tras ellos todos los pegasos. Inca no podía creer lo que estaba viendo.
—Creí que nunca me encontraríais —dijo con la garganta entrecortada.
—La esperanza nunca se pierde —le recordó Veleta.
***
Pasaron varios días hasta que los dioses mandaron alguna señal, y esta fue inequívoca. El cielo se encapotó repentinamente y una niebla de color ocre comenzó a impregnarlo todo. En el establo se rumoreaba que era una tormenta de arena proveniente del desierto, pero los meteorólogos no acertaban a encontrar el origen.
A parte de eso, estaban pasando cosas que apuntaban a que algo no marchaba nada bien. Los telediarios no contaban buenas noticias: un virus desconocido estaba enfermando a miles de habitantes en una ciudad China, varios volcanes repartidos por todo el planeta habían entrado en erupción sin haber dado muestras de actividad sísmica, copiosas nevadas estaban dejando incomunicados a multitud de países…
***
Por la noche la situación no era mejor: tormentas eléctricas, granizo, huracanes… Aún así, pegasos y unicornios no querían seguir viviendo separados, fueran cuales fueran las consecuencias. Tal vez, si los dioses les dieran una explicación lo entenderían. Con tal fin, una representación de ambas estirpes encabezada por Inca y Veleta marchó hacia el lago Pandora.
El viento era feroz y no podían caminar sin dar bandazos, pero consiguieron llegar. Invocaron a la diosa Fábula, pero de nuevo no apareció. Ni unicornios ni pegasos querían darse por vencidos, por lo que durante varias noches volvieron a reclamar su presencia, hasta que por fin la diosa Fábula surgió de entre los ciclones que arrasaban todo lo que encontraban a su paso. Una esfera de tranquilidad envolvía su figura, como si alrededor de ella todo fuera una apacible noche de verano.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Fábula a su hijo.
—Bien, aunque estaría mejor si hubieras acudido en mi ayuda cuando me herí—contestó Inca.
—Aunque no lo creas, te estaba protegiendo. Tú te encargaste de guardar tus fuerzas hasta que fuiste encontrado y yo de apartar las nubes negras de tu camino. Lo demás fue cosa de Veleta.
—Tenía que ayudarle diosa Fábula, es mi amigo…. ¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Veleta.
—Los dioses nunca nos hemos enfrentado a una situación así. Vuestra falta ha sido la más grave jamás cometida y ni nosotros mismos conocemos cuál es la represalia adecuada.
—¿Tanto mal os hemos hecho, mamá? —le dijo Inca.
—Ya te dije que es muy importante respetar el orden de las cosas para vivir en armonía los unos con los otros—le dijo Fábula.
—Pero… ¿tanto mal os hemos hecho, mamá? —insistió Inca.
—Quiero que sepas que como madre siempre estaré orgullosa de tu buen corazón —le contestó Fábula—, pero como diosa no puedo permitir que pasen cosas así.
***
Pasaron los días y el viento se intensificó. Unicornios y pegasos no podían ejercer su poder y el olor a podrido de las nubes negras, que cada vez eran mayor, se hacía inaguantable. De valientes guerreros habían pasado a convertirse en criaturas asustadas. Cada día se encontraban más cercados por el mal. Inca y Veleta seguían sin poder luchar contra él y las criaturas que todavía mantenían su don ya no eran capaces de vencerlo.
Los dos amigos se habían convertido en uña y carne de día y de noche, cada vez más unidos, cada vez más cerca el uno del otro. Precisamente su gran amistad era la que les iba a permitir descubrir el gran secreto de los dioses. Era el mal que estaba a punto de acorralarles mientras huían de una gigante y apestosa nube el que les va iba a dar la respuesta. Ese mal estaba a punto de neutralizarlos hasta que, movidos el espíritu de la amistad, Veleta miró a los ojos a Inca, quien alzó sus alas para protegerlo. En ese mismo instante, la magia se produjo. Una explosión de purpurina multicolor emanaba del cuerno de Veleta, impregnándolo todo. Las nubes de disiparon tan rápidamente que parecía que nunca hubiera habido allí ningún signo de maldad.
Ambos se miraron sorprendidos. Luego, se quedaron en silencio. Finalmente, lo entendieron todo. «Ese era el motivo. Ahora está todo claro —le dijo Inca a Veleta—. No podemos estar unidos porque unidos somos más fuertes. ¡Unidos nuestro poder es invencible!».
Inca y Veleta no lo dudaron. Volvieron de nuevo al lago de Pandora. Necesitaban explicaciones más que nunca. Se sentían engañados por los dioses, e Inca, además, por su madre.
—¡¡¡Diosa Fábula!!! —gritó Veleta.
—¡¡¡Mamá!!! —insistió Inca.
Esta vez, Fábula no apareció de entre las nubes, sino que les sorprendió tras uno de los muchos árboles que circundaban el lago. Les estaba esperando.
—¡Nos has engañado! —Inca no se anduvo por las ramas— Es mentira que hayamos perdido nuestros poderes.
En ese preciso momento aparecieron sobre el lago nueve unicornios alados que, junto con Fábula, conformaban los diez dioses que gobernaban el destino del mundo. Inca y Veleta no daban crédito a lo que veían, todos los dioses ante sus propios ojos. Fue Nirva, el dios entre los dioses, quien tomó la palabra:
—Hola Inca, hola Veleta —dijo dirigiendo su mirada primero a uno y luego al otro—. Habéis descubierto el gran secreto, como en su momento lo descubrió tu madre, Inca.
—¡No entiendo nada! —contestó Inca.
—Hace miles de años, Fábula hizo el mismo descubrimiento que vosotros acabáis de hacer.
—¿Y…? —contestó Veleta.
—En su momento, Fábula actuó con la responsabilidad necesaria para no desequilibrar las fuerzas de la naturaleza. Continuó luchando contra el mal junto a nosotros, los dioses, como una diosa más. Ese era su destino como unicornio alado. A vosotros os pedimos que sigáis luchando contra el mal, pero en vuestro caso sin contar a nadie lo que sabéis. Sería el fin del mundo…
—¡Y de vosotros también! —contestó enfadado Inca.
—Inca, debes de entender que si las fuerzas se desequilibran el mundo perderá su estabilidad —le dijo Fábula—. El mal en sus distintas formas aflorará también entre los unicornios y los pegasos: la envidia, los celos, la codicia, la ira… Sería el fin de los dioses y también el vuestro y el de todos los habitantes de la tierra. Por eso, acepté el encargo de los dioses. Nací como una criatura alada, pero también como un unicornio, y eso me da ciertos poderes que debo utilizar para ayudar a este mundo. Espero que algún día lo comprendas y me perdones.
—En vuestra mano está el futuro de vuestras estirpes y del planeta—Nirva se dirigió a ambos.
—Pero nuestros compañeros deben saberlo—dijo Veleta—. No podemos ocultarles la verdad.
—Es vuestro deber —dijo Fábula—. Y yo confío en vosotros y en vuestro sentido de la responsabilidad.
—Yo creo más en la amistad y en el amor incondicional—apostilló Inca—. No quiero defraudar a mis compañeros.
—Inca, como madre, solo puedo aconsejarte, pero eres tú quien debes tomar tus propias decisiones. Como ser superior, podría obligaros ahora mismo, pero siempre he depositado mi esperanza en vosotros, unicornios y pegasos, y en ti particularmente, para hacer de este un mundo cada vez mejor y más bonito.
—No nos dejáis muchas opciones, Diosa Fábula —dijo tristemente Veleta.
—A veces, tenemos pocas opciones. Las cosas no son siempre fáciles, pero tampoco inamovibles.
—¿Algún día volveré a verte, mamá? —fue lo último que quiso saber Inca, que en esos momentos se sentía impotente.
—No lo sé, hijo. Sin saberlo, nací con un cometido en la vida, el de ayudar a los demás, y debo cumplirlo, quiero cumplirlo. Colaborar con un fin más grande que el de uno mismo es más gratificante de lo que nadie pueda imaginar. No obstante, el sacrificio es igual de grande.
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Ya era muy intenso el calor, por lo que Inca y Veleta buscaban la sombra de los árboles para proteger a los niños y a ellos mismos del sol. A la luz del día, la vida había vuelto a la normalidad y el virus que se había propagado por todo el planeta cada vez se debilitaba más. Los volcanes habían dejado de arrojar lava, las nevadas habían cesado…
De noche, la magia también había vuelto a formar parte de la vida de unicornios y pegasos. Inca y Veleta habían recuperado su don y volvían a ser criaturas felices en un mundo multicolor.
—¿Crees que algún día podremos estar todos juntos, Inca?
—Por supuesto, Veleta. Recuerda que la esperanza es lo último que se pierde. Juntos lograremos convencer a los dioses de que la clave no es obedecer, sino comprender y compartir ideas, pero los grandes cambios no se dan en un día; tendremos que ser pacientes.
—Además, las cosas no son inamovibles. Eso fue lo que dijo tu madre, ¿no? —Inca y Veleta ya hablaban sin tapujos de la diosa Fábula, o mejor dicho, de la madre de Inca.
—Sí, supongo que nos quería decir algo… Quizá nos esté ayudando más de lo que pensamos —dijo pensativo Inca.
—¿Sabes, Inca? Creo que ya ha llegado la hora de que suceda a mi madre como reina de los unicornios. Si hay que iniciar una nueva etapa, cuanto antes nos pongamos manos a la obra mejor. Quiero ayudar a que las cosas cambien, aunque eso suponga renunciar a gran parte de mi tiempo y mi libertad.
—Y yo creo que ha llegado el momento de que perdone a mi madre. Eso me hará libre y feliz. A mí y a ella.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la chimenea se ha esfumado.
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