Texto: Isolina Espinosa
Érase una vez, en un pueblecito entre las montañas, un niño y una niña que tenían una amistad muy peculiar y entrañable desde hacía muchos años.
Él era muy valiente y tenía una personalidad arrolladora. Ella era algo vergonzosa y muy entusiasta.
Él tenía un precioso pelo rubio, tez morena y ojos de color miel. Ella, una hermosa melena negra, tez blanca y unos cautivadores ojos grises.
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Desde bien pequeñitos se veían cada día de su vida, o mejor dicho, se cruzaban cada día de sus vidas, un ratito al amanecer y otro al anochecer.
Ambos recorrían a diario el mismo camino entre montañas, colinas, lagos, mares… La diferencia era que uno lo hacía por el día y el otro por la noche.
Los dos niños adoraban la Naturaleza y les gustaba sentirla a través de sus olores, como el de la tierra mojada; a través de sus sonidos, como el de los pajaritos mañaneros o los búhos nocturnos, y a través de sus colores, o la ausencia de ellos por la noche.
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A nuestro protagonista le hacía feliz levantarse temprano por las mañanas, salir a la calle y correr a la cima de las montañas para tocar el cielo. En su trayecto hacia lo más alto podía ver cómo las últimas estrellas de la noche desparecían muy despacito.
A la misma hora en la que él comenzaba su viaje, veía pasar a la otra protagonista de esta historia, que volvía a casa después de haber pasado cada noche en busca de los personajes favoritos de sus cuentos: ninfas, unicornios, elfos, duendes…
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Los días de nuestro niño eran ajetreados. Desde las montañas observaba cómo se despertaban los vecinos de su pueblo: unos se iban al cole y otros a trabajar. La vida se aceleraba y todos tenían prisa.
Las noches de nuestra pequeña eran, sin embargo, mucho más tranquilas. A la hora en que partía de casa después de cenar, todo el mundo volvía a su hogar tras un día intenso y agotador.
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Cuando ella emprendía su camino hacia las montañas sabía que lo primero que iba a encontrarse era a su eterno amigo. Él le daba las buenas noches y ella le miraba tímidamente, mientras proseguía su camino por el bosque despidiéndose de los últimos rayos de sol, ansiosa por conocer qué aventuras le iba a deparar la oscuridad de la noche.
Una tras otra, veía cómo las luces de su pueblo se apagaban, hasta que solo el intenso brillo de las estrellas iluminaba su camino. También observaba cómo su amigo llegaba a su casa, en donde le esperaba su familia.
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¡Qué diferentes eran ambos! A él le encantaba correr detrás de las ardillas, bailar con las mariposas y saltar tan alto como los saltamontes. Disfrutaba mirando cómo se abrían las flores, cómo salían de sus madrigueras los conejos y cómo las aves alzaban su vuelo en busca de otros lugares donde hacer sus nidos.
De vez en cuando, se paraba a plantar semillas para que crecieran nuevos árboles, y agradecía a sus amigas las nubes que descargaran agua, ya que gracias a la lluvia las semillas se convertirían en pequeños tallos que después se transformarían en troncos robustos.
Ella, sin embargo, se pasaba las noches deambulando entre los árboles y correteando detrás de las hadas. Por el camino, observaba cómo las florecitas se cerraban para descansar, saludaba a las estrellas y oía despertar a los animalitos de la noche: los búhos, los grillos, los murciélagos, los zorros… Todos anhelaban los deslumbrantes ojos de esta niña que iluminaba sus senderos.
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¡Pero una vez al mes más o menos algo extraño sucedía! Al pequeño niño le inundaba una enorme tristeza porque su gran amiga desaparecía. No se la cruzaba por el camino, ni a la ida, ni a la vuelta.
Cuando se acostaba, no era capaz de conciliar el sueño pensando en si estaría bien, y durante esas noches el cielo perdía su magia y los animales silenciaban sus cantos.
Él no quería vivir más con ese desasosiego, así que un día decidió que la próxima vez que la viera hablaría con ella y le preguntaría por qué no salía a pasear.
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Y así fue como al siguiente al anochecer esperó a que ella cruzara el riachuelo que separaba el pueblo del bosque para preguntárselo.
Ella le dijo que una vez al mes simplemente miraba las estrellas desde la ventana de su habitación e imaginaba un mundo en el que todos los niños eran felices, iban a la escuela y tenían un motivo para sonreír.
Él no quiso despedirse sin preguntarle antes su nombre a la niña.
—Y… ¿podría saber cómo te llamas?
—Mi nombre es Luna —contestó ella—. ¿Y cuál el tuyo?
—Yo me llamo Sol.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la chimenea se ha esfumado.
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