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Rupher, el elfo ojeador

Texto: Isolina Espinosa

Por fin había llegado el día más importante del año para Rupher. Rupher es uno de los elfos que ayuda a Papá Noel. Su misión, como lo fue la de sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, es la de visitar las casas de los niños para averiguar cómo se han portado durante el año. Es decir, es un elfo ojeador, una profesión muy antigua y prestigiosa en el Reino de Papá Noel.

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Rupher se pone muy nervioso el día del sorteo de casas. ¿Qué familia le tocará?, ¿tendrá muchos niños?, ¿alguna mascota que no le deje hacer bien su trabajo? A Rupher no le gustan los gatos. El año pasado un minino le pilló entrando en su casa y no paró de perseguirle hasta que consiguió esconderse bajo un viejo sillón plagado de chinches. Una noche entera estuvo atrapado hasta que a Misifú le entró hambre y se fue a comer.

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El viejo trineo de Rupher ya estaba preparado para recorrer el largo camino que separaba su cabaña del gran abeto polar. Bajo sus ramas se celebraba el esperadísimo sorteo. A primera hora emprendió el viaje junto a sus dos fieles ardillas, Roco y Doki, que tiraban del trineo. Esquivaron raíces, saltaron riachuelos, se deslizaron sobre la nieve y volaron entre las ramas hasta llegar a su destino.

A mediodía comenzó el reparto de sobres. Emocionado, Rupher cogió uno de ellos del interior del tronco. Sus manos temblaban cuando lo abrió y… ¡No! No se alegró cuando leyó lo que ponía: Familia Fuentes-Mora.

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Parecía un mal sueño, pero era real. A Rupher le había tocado una de las peores familias que podía imaginar un elfo ojeador. Era una familia con dos niñas: Marta y Claudia. Eran traviesas, muy traviesas, las más traviesas del mundo. No tenían idea buena. Su mascota no era un perro, ni un gato. Era un sapo. Un sapo feo, Merlín. Y, por si fuera poco, no creían en la magia de la Navidad. Nada. Cero.

Pero Rupher quería demostrar que era un buen elfo ojeador, como todos los elfos de su familia. Para él era importante hacer ver a todos que, además de revisar el comportamiento de los más pequeños, también podía ayudarles a portarse mejor y llevar el espíritu de la Navidad allá donde fuera necesario. No quería defraudar a su familia, aunque la misión era muy difícil. Iba a necesitar mucha ayuda para conseguir que esas niñas creyeran en la Navidad, en los sueños y en las ilusiones. ¡¡¡Y que se portaran mejor!!!

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De nuevo, Roko y Doki le acompañaron en su viaje. Siempre habían demostrado ser unas buenas ayudantes. De hecho, Rupher se coló en casa de la familia Fuentes-Mora por la pequeña ventana del baño gracias a la habilidad de las ardillas para descolgarle desde la rama de un árbol. Caminó con mucho sigilo por el pasillo hasta llegar a la habitación de las niñas. Tenía el tiempo justo hasta que volvieran del cole para comprobar si el cuarto de Marta y Claudia estaba recogido. Ese era el punto número uno que cualquier niño o niña debía cumplir para ganarse el cariño de Papá Noel. Pero nada. ¡Estaba patas arriba!

Por si fuera poco, esa casa no tenía ninguna decoración de Navidad. Tal y como se rumoreaba en el Reino de Papá Noel, no creían en ella.

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Visto lo visto, era urgente que Rupher se dejara ver para que ese hogar se impregnara de espíritu navideño. La lámpara del techo era una buena elección. Todos los niños alucinaban al verle colgando de la bombilla.

El elfo tuvo que esperar mucho hasta que Marta entró en su habitación y lo vio. Su reacción no fue de alegría, ya que la pequeña le lanzó una muñeca con todas sus fuerzas y corrió a buscar a su hermana:

_ Claudiaaaaaaa. ¡¡¡Trae a Merlín para que se coma a un bicho asqueroso que hay en la lámpara!!!

Rupher aprovechó ese momento para esfumarse. No sabe ni cómo lo consiguió porque el miedo le había paralizado las piernas. ¡¡¡Le iban a lanzar al sapo!!!

No obstante, una cosa tenía muy clara: no se iba a rendir hasta que Marta y Claudia conocieran otra Navidad distinta a la que habían vivido hasta ahora, sin magia ni árbol.

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Lavarse los dientes a diario era el punto número dos de la lista de Papá Noel, pero Marta y Claudia tampoco cumplían muy a menudo con esa tarea. Para hacerles entender que era importarte cepillarse cada día, el elfo se colocó en el vaso de los cepillos de dientes y se untó de arriba a abajo de pasta de dientes. A Claudia no le debió de parecer muy gracioso porque cogió a Rupher del gorro y lo tiró a la taza del váter. «Seguro que es el bicho del que me habló mi hermana», pensó.

Menos mal que Rupher sabía nadar y que la pequeña no había cerrado la tapa del váter. Por suerte, pudo salir.

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El siguiente día Rupher utilizó un truco magistral para deslumbrarlas. Ni más ni menos que organizó una fiesta sorpresa con las muñecas preferidas de las niñas. Las sentó a todas en círculo, les puso gorros de fiesta y en medio una tarta. Rupher se descolgó del techo con la ayuda de una cuerda y quedó suspendido sobre la tarta.

Esta vez fue Marta quien le descubrió. Nuestro elfo ojeador nunca olvidará lo que sucedió esa tarde en esa casa: la niña le cogió por una pierna y se lo lanzó a Merlín. «¡¡¡Ya estoy harta de este bicho!!!», gritó.

Rupher corrió por el pasillo todo lo rápido que pudo mientras el sapo saltaba detrás de él para cazarlo. Por suerte, Roco y Doki estaban cerca y pudieron distraer a Merlín. Si no fuera por ellas, ahora estaría en la barriga de un sapo feo.

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Una semana le costó a Rupher recomponerse de ese suceso. Eso sí, no le llevó ni un minuto darse cuenta de que iba a tener que usar sus superpoderes élficos y los de toda su familia para conseguir que Marta y Claudia lo vieran como un elfo de la Navidad y no como un bicho.

Además, las pequeñas de la familia Fuentes-Mora no cumplían ni un solo requisito para que Papá Noel leyese su carta con buenos ojos: no ayudaban a poner la mesa, no hacían los deberes, se peleaban a todas horas…  Ellas se quedarían sin regalos de Navidad y Rupher habría fracasado como elfo.

«¡Jamás! ¡Jamás dejaré de intentarlo!», se dijo a sí mismo. «Llamaré a todos los elfos de mi familia y lo conseguiré».

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Era de noche y ya se habían acostado todos. Mientras Rupher esperaba en el baño, uno a uno, todos los elfos de su familia entraban por la ventana. Roco y Doki les guiaban desde el exterior.

El plan era arriesgado y nadie podía fallar. Mientras unos esparcían la purpurina especial de los sueños por toda la casa, otros ponían en pie el árbol de la Navidad. El salón de la familia Fuentes-Mora era un verdadero espectáculo: varitas mágicas encendiendo y apagando luces, elfos danzando por los muebles, espumillones volando…

El ruido despertó a Marta y Claudia. Se asomaron por la puerta y se quedaron fascinadas al ver lo que estaba sucediendo. Esta vez, ni lanzaron muñecas, ni buscaron al sapo, ni nada parecido. Simplemente se sentaron a ver algo increíble: un montón de duendecitos haciendo las travesuras más mágicas que podían imaginar.

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A la mañana siguiente, cuando Marta y Claudia se despertaron fueron corriendo al salón, pero allí no había ni árbol, ni luces, ni elfos.

No lo entendían. Había sido todo tan real que no podían haberlo soñado. «¿De dónde había salido toda esa magia?», pensaron.

Las dos hermanas se miraron a los ojos y entendieron lo que tenían que hacer: buscar a ese duendecito que llevaba días haciendo trastadas por casa y que habían tomado por un bicho. Miraron en la lámpara, en la habitación de los juguetes, en todos los rincones. Finalmente, lo encontraron junto a sus cepillos de dientes. Sonrieron y los cogieron. Algo en su interior les decía que debían lavarse los dientes.

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Los días siguientes Marta y Claudia disfrutaron con Rupher, con sus apariciones imprevistas, con sus piruetas en las lámparas y con la magia de su purpurina.

Cuando el elfo se despidió de ellas, las niñas ya no eran las mismas: en su corazón se había encendido una pequeña lucecita de felicidad y bondad que Rupher se había propuesto hacer brillar más y más cada nueva Navidad.

La casa tampoco era la misma: lucía un precioso árbol que Marta y Claudia habían decorado con sus propias manos. Y en lo alto del árbol una gran estrella, la estrella de la Navidad.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la chimenea se ha esfumado.

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