+ 4 años,+ 6 años,EMOCIONES

Abrazos para quien los quiera

Texto: Isolina Espinosa & Ilustraciones: LLúcia Carbonell

Laura siempre presumía de que ya tenía cinco años. Y no era para menos. Desde que cumplió los cuatro, cada día soñaba con los cinco.

Que… ¿cómo era Laura? Era una niña de tez clara, abundante melena oscura y ojos del color de la miel, grandes como los de los búhos.

Era algo más madura que los niños de su edad, muy sensible y un poco reservada. A nuestra protagonista no le gustaba dar abrazos a cualquiera, solo a aquellas personas que le arrancaban un trocito de su timidez y… ¡muchas sonrisas!

***

Laura también era incansable, tanto que cuando caía dormida lo hacía tan profundamente que no paraba de encadenar sueños, unos bonitos y otros no tanto.

Durante las últimas semanas, casi todas las noches se paseaban por su cabeza las mismas imágenes. Soñaba que salía a la calle y que, con la misma valentía que las princesas de los cuentos modernos, se acercaba a sus amigos del cole para robarles un abrazo. A cambio, les regalaba una sonrisa.

En el mundo que su cabecita construía por las noches, los niños podían ir al cole, jugar en el parque y hasta pelearse cuando las cosas se torcían entre ellos. No existía ningún otro peligro que pusiera en riesgo su felicidad.

***

Pero la realidad que estaban viviendo Laura y todos los niños del mundo era muy distinta a la de sus sueños.

En los parques había un enemigo tan pequeño que era invisible. Era tan diferente a los malos que ella conocía, como la madrastra de Blancanieves o las hienas del Rey León, que no lograba entender cómo había conseguido encerrar a todo el mundo en sus casas.

Sin embargo, Laura necesitaba entenderlo para sentirse segura en su reino particular. Así que en cuanto encontraba esos momentos especiales y cómplices, les hacía un sinfín de preguntas a sus papás: que cuándo se iba a marchar el coronavirus, que si el coronavirus era por no lavarse los dientes, que si iba a quedarse para siempre, que si podía entrar por las ventanas…

***

Pero Laura no estaba especialmente preocupada por no poder salir del castillo que era su hogar. ¡No, no, no! En él tenía muchas de las cosas que necesitaba: un torreón en el que esconderse con su hermana para jugar, un foso sobre el que echar a sus muñecas a chapotear y hasta un teléfono real desde el que hablar con sus primos, tíos y abuelos.

Se puede decir que disfrutaba de todo lo que ella siempre reclamaba: sus papás y su hermanita. Pero le faltaba todo lo que, sin darse cuenta, también necesitaba: los abrazos de sus abuelos cuando la esperaban por la mañana para llevarla al cole, los besos de sus primos el día de su quinto cumpleaños, los achuchones de sus tíos para sacarle una tímida sonrisa, las risas en el patio del cole y hasta los golpetazos en los columpios del parque. Sin olvidar las caricias del sol, las de la luna, las de las olas o las del aire puro de la montaña.

***

Pasaban las semanas, los meses… y Laura hasta aprendió a leer con la ayuda de mamá, que aunque no tenía vocación de profesora, logró enseñarle a juntar las letras para hacer palabras y palabras para hacer frases.

Laura estaba feliz, pero no porque hubiera aprendido a leer, sino porque decía que cuando el coronavirus se marchara nadie iba a estar triste porque ella tenía una superidea para que todo el mundo volviera a darse abrazos sin miedo.

Un día, sin esperarlo ya, sus papás le dijeron que, por fin, el coronavirus se había ido y que ¡ya podían salir de casa!

—¿A dónde quieres que vayamos? —le preguntaron.

La respuesta no fue la que ellos esperaban. ¡No! Laura no estaba ansiosa por ir al parque. Nada más lejos de la realidad.

—Quiero invitar a todo el mundo a nuestro castillo —les dijo—. Olivia y yo hemos hecho una máquina de fabricar abrazos y hay tantos que no podemos con ellos. Se los queremos dar a todos los niños para que sean muy felices. Así, el coronavirus creerá que no le tenemos miedo, se asustará y ya no querrá volver.

Y así fue como nuestra pequeña niña, sorprendentemente, nos dejó ver la más bonita de sus virtudes: la de ayudar a los demás. Y no era la única, había muchísimas más escondidas detrás de su timidez. Muchísimas que, conforme cumplía años y ganaba confianza en sí misma, iba sacando de su corazón.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la chimenea se ha esfumado.

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