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Loreta y Topeta, amigas digan lo que digan

Texto: Isolina Espinosa

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Loreta caminaba sola y a paso lento por la arena de la playa. Era de noche y su única compañía eran las estrellas. Ni tan siquiera estaba la luna para iluminarle el camino. Menos mal que, al menos, siempre llevaba su casita a cuestas y podía refugiarse en ella cuando lo necesitaba.

Loreta se preguntaba qué había hecho mal para que la abandonaran a la orilla de mar, pero por más que pensaba y pensaba no lograba entenderlo. Quizá no era la mascota más divertida del mundo, ni la más cariñosa, pero ella nunca hubiera abandonado a un amigo.

***

Mientras avanzaba a paso de tortuga hacia la montaña, vio a lo lejos algo que le llamó la atención: un montón de tortuguitas caminaban en dirección a las olas. «Pero… ¿qué hacen? —pensó—. Si las tortugas no sabemos nadar». Extrañada, y sin comprender nada, comprobó cómo, una tras otra, se sumergían en el agua y comenzaban a mover sus aletas. «¿Aletas? ¡Lo que faltaba!». Por supuesto, tampoco había visto nunca una tortuga con aletas. De todas formas, hoy no era el día para resolver acertijos. Bastante tenía con encontrar un lugar en el que refugiarse, así que continuó su camino.

De nuevo, algo volvió a llamar su atención: «¿qué hace esa tortuguita en dirección a la carretera? ¡Se va a poner en peligro!». Sin pensarlo, fue a ofrecerle su ayuda.

—¡Hola!, ¿te has perdido? —le preguntó.

—No encuentro a mis hermanas —contestó con los ojos lagrimosos.

—No te preocupes, yo te llevaré con ellas. Las acabo de ver un poco más adelante.

***

Mientras la acompañaba, la tortuguita le contó a Loreta que ella y sus hermanas acababan de romper sus huevos y que necesitaban llegar lo antes posible al arrecife de coral para poder alimentarse y crecer. Otra cosa que no acababa de entender Loreta: «¿desde cuándo las tortugas comían peces, algas o cualquier otra cosa del mar?».

El caso es que en cuanto llegaron a la orilla, la tortuguita siguió los pasos de las demás y, de un saltito, se zambulló en el mar. Loreta volvía a estar sola, con la única e inseparable compañía de su casita. Cansada de andar, se echó a descansar bajo su caparazón. Mañana sería otro día.

***

Amanecía en la playa y el sol ya calentaba su casita. Era momento de salir y ver qué cosas bonitas le traía este nuevo día. Loreta era optimista por naturaleza y no se dejaba vencer fácilmente por la tristeza.

Todavía le quedaba un buen trecho hasta llegar a la montaña y encontrar una cuevita donde establecer su hogar y poder comer algo de plantas y frutas, así que se puso en marcha antes de que el calor fuera insoportable.

***

—¡Loreta!, ¡Loreeetaa!, ¡Loreeeeetaaaaa!

«¿Quién da esos gritos? —se preguntó Loreta—. Pero si es la tortuguita perdida». Y caminaba hacia ella.

—He salido del agua para darte las gracias por ayudarme a encontrar anoche a mi familia, pero tengo que volver enseguida. Las tortugas del arrecife me han dicho que no puedo hablar con las tortugas como tú.

—Anda… ¿y eso?

—Dicen que somos diferentes.

—¿Diferentes? Pero si las dos somos tortugas…

—Eso les he explicado, pero dicen que no es normal que seamos amigas porque tú eres una tortuga terrestre y yo una tortuga marina.

— ¿Puedo saber, al menos, cómo te llamas?

—Todavía no tengo nombre.

—Pues si quieres te pongo uno. ¿Qué tal Topeta? Así se llamaba mi mamá…

—Genial. ¡Me gusta cómo suena!

***

Loreta y Topeta jugaron un ratito a escarbar en la arena y a buscar conchas. Se divirtieron mucho y por unos momentos se olvidaron de todo lo que pasaba a su alrededor. Tan solo eran dos amigas disfrutando y riéndose a carcajadas.

Al cabo de un rato, desde la orilla una de sus hermanas le dijo a Topeta que era hora de volver al arrecife. Las dos amigas se despidieron chocando su patita y su aleta con la promesa de volver a verse al día siguiente en el mismo lugar.

Y así sucedió durante semanas. Todos los días Topeta salía un rato del mar para jugar con Loreta, quien, a su vez, encontró una cuevita cerca de la playa donde guarecerse. De esta forma, podía ir y volver cada día.

***

¡Qué felices eran las dos! El verano estaba siendo fabuloso: paseaban por las rocas, por la arena, hacían carreras… Pero un día las cosas se torcieron. Topeta había recibido una noticia insólita por parte de las tortugas mayores del arrecife: en breve llegaría el frío y tendrían que cruzar el enorme océano para llegar a aguas más cálidas. ¡No volverían a esta playa hasta dentro de muchos meses!

Loreta, sin embargo, no se tomó la noticia con tanta preocupación. Al fin y al cabo, ella también iba a tener que hibernar durante los meses de frío y no podría salir de su casita para nada. Ni para comer.

Ante esta situación, las dos amigas trazaron un plan para reencontrarse cuando llegara el buen tiempo: en cuanto Loreta terminara su periodo de hibernación y Topeta regresara de su largo viaje, cada día volverían al mismo lugar en que jugaban hasta encontrarse.

***

El invierno fue difícil para las dos: Loreta lo pasó al resguardo de su caparazón, y Topeta, por el contrario, se subió a una gran corriente marina que la llevó, junto con su familia, muy lejos.

Pasaron los meses, llegó la primavera y con el buen tiempo Loreta comenzó a salir de su casita. Lo primero que debía hacer era comer para recuperar las fuerzas que había perdido. Lo segundo, bajar todos los días a la playa para esperar a Topeta.

Al principio fue llevadero: cada mañana iba a la playa con la esperanza de que ese sería el día de su reencuentro. Pero, tras varias semanas, Loreta comenzó a pensar que, quizá, las tortugas marinas habrían decidido viajar a otra playa o que, tal vez, Topeta habría encontrado otras amigas en el océano y se habría olvidado de ella.

***

—¡Loreeeeetaaa! ¡Espeeeeeeraaa!

Cuando Loreta escuchó esa voz tan familiar el corazón se le desbocó, su cuerpo tiritó de emoción, la boca le dibujó una enorme sonrisa y sus ojos brillaron como dos estrellas, las más grandes del firmamento. Giró su cabeza y, muy despacito, le acompañó su cuerpo. Allí estaba su amiga. A pesar de la distancia, del tiempo y de las diferencias había regresado, y le impresionó ver cuánto había crecido.

El abrazo entre ambas fue tan intenso que cuando se miraron a los ojos se dieron cuenta de que ya no tenían nada más que explicarse. Todo estaba dicho: se habían convertido en amigas para toda la vida, amigas a pesar de las diferencias, amigas digan lo que digan.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la chimenea se ha esfumado.

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