Elanor
+ 6 años,AVENTURAS,FANTASÍA,NAVIDAD,VALORES

Elanor, la elfa que persiguió su sueño

Texto: Isolina Espinosa

Elanor, hija de Helgar y Sigrid, era descendiente de una saga familiar de elfas nutricionistas. Como casi todos los elfos y elfas del Reino de Papá Noel, su destino estaba escrito, pero conforme se hizo mayor ella misma se fue encargando de sobrescribirlo.

Elanor lo tenía muy claro: ella no iba a confeccionar el menú diario de ningún reno, ni siquiera el de los renos de Papá Noel, por muy especiales y mágicos que fueran. A ella lo que le iba era la aventura, y escoger entre una carlota o una acelga no tenía mucho de arriesgado.

***

Cuando cumplió los 12 años les dio a sus padres la gran noticia. Grande para ella, que le hacía una ilusión desmedida, y grande para sus padres, que del susto las orejas se les cayeron al suelo. El caso es que Elanor había decidido inscribirse en la Escuela de Elfos Ojeadores.

Allí es donde comenzó su verdadera aventura: Elanor quería formarse en una profesión que, hasta ahora, no había ejercido ninguna elfa. No iba a ser fácil, pero sus padres siempre le habían enseñado que querer es poder. Aunque lo cierto es que Helgar y Sigrid tenían la mente puesta en que su elfina se convirtiera en la mejor nutricionista del reino, y no en otra cosa.

***

El año que estuvo en la Escuela de Elfos Ojeadores se le hizo eterno, pues no conseguía hacer amigos. Los elfos llevaban otro rollo, digamos que un rollo más de elfos que de elfas, pero, igualmente, la escuela le chiflaba. En ella aprendió un montón de trucos, como descolgarse de una lámpara sin acabar descalabrada en el suelo, espiar a los niños sin ser vista o mantenerse completamente inmóvil para pasar desapercibida. Sin duda, llegar a ejercer de elfa ojeadora iba a convertirse en el gran sueño de su vida.

El día de la graduación fue agridulce para Elanor. Por un lado, había conseguido el título de elfa ojeadora. Sin embargo, a pesar de que sus notas habían sido magníficas, la escuela no le había otorgado el título que lo acreditaba, simplemente porque nunca antes lo había obtenido una elfa. Como no sabían qué hacer, al final decidieron no hacer nada, pensando que, de esa manera, no podrían equivocarse. Pero no siempre es así.

***

Pasadas las vacaciones del verano polar, Elanor sacó brillo a su trineo y lo cargó de comida y algo de ropa. Reunió a Duna y Cora, sus amigas erizas, y emprendió el viaje hacía el Gran Abeto Polar. El camino era largo y solo quedaban dos días para el reparto de los sobres que adjudicaban la familia a la que cada elfo debía dedicar sus Navidades.

Duna y Cora corrieron a tanta velocidad bosque a través que llegaron antes de lo previsto, así que Elanor fue la primera con opción a recoger sobre. Su padre quiso acompañarla, pero ella prefería hacerlo sola. «Total —pensaba—, no será tan difícil coger un sobre». Sin embargo, cuando vio las caras de todos los elfos allí presentes, alrededor de aquel abeto imponente, pensó que quizá hubiera sido mejor contar con su compañía.

—Bueno —dijo uno de los elfos—. Dejemos pasar primero a las elfinas.

—Pasaré, pero solo porque he llegado primera —contestó Elanor.

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Lo que Elanor no sabía es que el Gran Abeto Polar no le iba a adjudicar ninguna familia:

—He oído hablar mucho de ti, Elanor —le dijo el elfo escribano cuando se acercó a la abertura del tronco de la se extraían los sobres—. ¿Nadie te ha dicho que el primer año tienes que hacer prácticas con otro elfo para aprender el oficio?

—Eso no lo pone en ningún sitio —contestó ella.

—Es una tradición, y las tradiciones deben respetarse. Este año irás con Rupher. El año pasado hizo un trabajo excepcional y podrá enseñarte nuestros mejores trucos.

Los ojos se le pusieron como platos a Rupher. «No puede ser —se dijo para sus adentros—. ¡Una elfa! ¡Y sin experiencia! ¡Esto no va a salir bien!». Los demás elfos se echaron a reír. Si algo tenían muy claro es que este año no le iba a ir tan bien a Rupher.

***

«¿Y quién será ese tal Rupher —pensaba, por su parte, Elanor—? Seguro que es uno de esos elfos engreídos que cree que las elfas no sabemos ni conducir un trineo». Y lo cierto es que, por el comentario de Rupher, a ella le pareció que estaba en lo cierto:

—Yo tiraré del trineo y tú te sentarás detrás, ¿de acuerdo? Por cierto, nos ha tocado la familia Espinosa-Ayuso —le dijo Rupher.

—No, tú vas en tu trineo y yo en el mío. ¿O vuestras tradiciones también tienen algo en contra de eso? —contestó ella.

—Como quieras, pero salimos hoy mismo.

***

No les llevó muchas horas llegar hasta la casa de la familia asignada, pero sí algo más colarse dentro. Gracias a los dientes de las ardillas Roco y Doki, y a las uñas de los erizos Duna y Cora, pudieron excavar un túnel bajo tierra y entrar reptando a través de él. Rupher se sintió sorprendido con las habilidades de las erizas. Las desconocía.

Una vez en el interior de la casa, buscaron un sitio seguro en el que esconderse y planear su estrategia para conocer de cerca al único niño de la familia, Daniel. Rupher había pedido opiniones sobre él a otros elfos y parece ser que se trataba de un niño bastante travieso, pero con un corazón muy bondadoso. «Veremos si es así —pensó— porque para Papá Noel lo más importante es ser buena persona. Y si no es el caso, tendremos que ayudarle con un poquito de magia extra».

En todo caso, lo prioritario ahora era descansar y quitarse el frío de encima. Mañana sería otro día y tenían mucho trabajo.

***

¿Conoces el truco del pan de sándwich? —le preguntó Rupher a Elanor tal cual saltó de su saco de dormir—. Seguro que no. Ese no lo enseñan en la escuela. Yo lo aprendí de mi abuelo.

A Elanor le sorprendió que un elfo quisiera contarle un secreto de familia. Por supuesto que quería conocerlo.

—El truco consiste en esconderse tras una rebanada de pan. En ella tendremos que hacer cinco pequeños agujeros por los que sacaremos la cabeza, los brazos y las piernas. Y ten cuidado con el agujero de la cabeza porque deben caber nuestras orejas puntiagudas.

—¿Y si Daniel nos quiere atrapar? —preguntó Elanor.

—No te preocupes, eso no suele pasar porque todos los niños y niñas saben que cuando nos tocan nos esfumamos y la magia de la Navidad desaparece. ¡Ya lo verás! Vamos a darnos prisa para tenerlo listo a la hora del desayuno.

El caso es que Rupher se equivocó y Daniel sí que intentó darles caza. Nadie parecía haberle explicado que un elfo no puede ser tocado bajo ningún concepto. Menos mal que las ardillas y las erizas actuaron rápido y se llevaron a Rupher y a Elanor a toda prisa. Un fallo de ese tipo sería un fracaso para un elfo ojeador y un desastre total para cualquier niño, pues perdería la ilusión de la Navidad.

***

Tras este primer intento, Elanor le pidió a Rupher poder diseñar ella la siguiente operación de vigilancia.

—No tienes experiencia. ¡Mejor lo hago yo! —protestó Rupher.

—Pero he sido la mejor de mi promoción en la Escuela de Ojeadores. Soy perfectamente capaz de hacerlo.

—Es tu primera familia y debes tener mucho cuidado. La magia de la Navidad se debe mantener intacta y ya hemos fallado una vez.

—Sí, pero con tu estrategia, Rupher. Déjame ahora a mí.

***

Elanor le propuso a su compañero un truco de manual, es decir, de los que había estudiado en la escuela. Pero no uno cualquiera, sino el más arriesgado aunque con los mejores resultados, ya que les permitiría estar cerca de Daniel sin ser vistos. Bueno…, cien por cien no estaba comprobado.

Consistía en meterse en el frigorífico, concretamente en la zona de las verduras. «Estoy segura de que ahí no nos verá —le dijo Elanor—. Ningún niño abre la nevera en busca de una verdura, y no entiendo por qué, con lo buenas que están y los sanas que son».

Rupher aceptó la propuesta de Elanor y entre los dos la ejecutaron. Dado que sus uniformes de elfos de color verde y rojo decidieron colocarse entre los pimientos y los calabacines para para pasar desapercibidos. Elanor no podía estar más contenta por haber incluido en el trineo unos pantalones afelpados y, más todavía, por no haber hecho caso a su madre. Si hubiera escogido los outfits con falda que le propuso ahora se moriría de frío. Aun así, los elfos se aprovisionaron de varias mantitas por si la cosa se ponía fea y a la familia Espinosa-Ayuso no le entraba hambre. Pero si el plan funcionaba, Rupher y Elanor estarían al tanto de todo lo que pasaba en la cocina durante el tiempo que pudieran aguantar allí dentro.

¡Ni dos asaltos duraron! La segunda vez que se abrió la puerta del ‘frigo’, Daniel los pilló. ¡¿Quién iba a pensar que al niño le encantan las carlotas crudas?! El trabajo para la pareja de elfos se estaba complicando mucho.

***

—Tendré que pensar en un truco menos peligroso y con mejores resultados —gruñó Rupher.

—Podemos pensar los dos. Quiero decir, planear algo juntos —le reprendió Elanor.

—Lo haré yo. Descansa, tú estás aquí para aprender.

—Yo no estoy más cansada que tú, así que si tú no tienes que descansar, yo tampoco. Además, para aprender hay practicar y descansando no podré hacerlo.

El oficio de elfo ojeador había prosperado a lo largo de los siglos gracias a los conocimientos que cada familia atesoraba. Por eso, muchos elfos eran reacios a las nuevas enseñanzas que proponía la Escuela de Elfos Ojeadores. Aquellos que salían de sus clases no tenían más remedio que demostrar a los elfos por tradición familiar que sus conocimientos tenían el mismo valor. En el caso de Elanor, el trabajo iba a ser doble.

***

¿Sabías que en la escuela nos han enseñado trucos para poder colarnos en cualquier dispositivo electrónico siempre que esté conectado a una red wifi? —le descubrió Elanor a Rupher.

—¿Cómo dices? —Rupher quiso saber más sobre el tema.

—Lo que oyes. Gracias a una aplicación diseñada por la escuela podríamos vigilar a Daniel desde nuestro escondite. Para ello, solo necesitamos instalar esa aplicación en el dispositivo que más utilice.

—¡En su reloj inteligente! Siempre lo lleva encima —acertó a decir Rupher.

—Pues necesitaremos acceder al teléfono móvil de su madre, que es desde donde se controla el reloj.

—Eso pueden hacerlo Roko y Doki. Será difícil porque su madre no se despega del móvil, pero ellas son sigilosas y veloces. ¡Lo conseguirán!

—Buen plan, mientras ellas capturan el smartphone, las erizas pueden jugar al despiste haciendo sonar el timbre la entrada.

***

Coger el teléfono móvil e instalar la aplicación no fue tan complicado como pensaban, ya que lo hicieron de noche, mientras la familia al completo dormía. Devolverlo sí que fue una odisea porque se les hizo de día y la mamá de Daniel andaba como loca buscándolo por toda la casa. Al final, pudieron dejarlo sin ser vistos en la mesa de la cocina, pero por poco.

Elanor y Rupher establecieron un periodo de tres días para analizar el comportamiento de Daniel. Ni tenían más tiempo, ni era del todo correcto lo que estaban haciendo. De hecho, la escuela solo recomendaba esta práctica en momentos críticos y para un uso justificado. ¡Nada de usar la aplicación para cotillear! Otras escuelas de elfos no hacían mucho caso a estas buenas prácticas, y lo peor es que nadie les decía nada.

Al tercer día ya estaban aburridísimos de escuchar desde su escondite cada palabra de Daniel. «Desde luego, es más divertido el método tradicional —pensaba Rupher—». A Elanor esta faena también se le hacía muy pesada. Así pues, decidieron dedicar la última noche de su estancia con la familia Espinosa-Ayuso a escudriñar la casa mientras dormían.

Rupher se sintió el elfo más feliz del Reino de Papá Noel cuando vio las sobras del bizcocho que la mamá de Daniel había cocinado el día anterior. No dejó ni una pizca. El empacho fue tal que al día siguiente sufrió una importante subida de fiebre con convulsiones incluidas. Las ardillas se asustaron, pues nunca le habían visto en tan mal estado, y lo peor de todo es que el día siguiente debían emprender el viaje de vuelta. ¿Cómo iban a hacerlo? No había cerca un médico que atendiera enfermedades élficas, ni tampoco medicinas.

***

Elanor estaba realmente preocupada, pero, sobre todo, estaba enfadada consigo misma. Su familia era una gran conocedora de todo tipo de remedios caseros para aliviar las molestias del sistema digestivo, pero a ella estos remedios nunca le habían interesado lo más mínimo. Haciendo mucha memoria pudo recordar una serie de hierbas que su abuela le preparaba al abuelito para tratar sus dolores de estómago cuando ya era muy mayor. A veces, cuando se aburría, la acompañaba al bosque a por ellas. Esa era la única esperanza que tenían: poder encontrar, al menos, algunas de ellas. Como no podía dejar solo a Rupher, mando a las erizas y a las ardillas a por ellas. No las encontraron todas, pero con las que pudieron recoger prepararon una tisana.

A las pocas horas comenzó a bajarle la fiebre. Al ver que no le sentaba mal, le prepararon otra infusión. Aunque Rupher iba recobrando el conocimiento poco a poco, todavía no estaba en disposición de emprender el camino de vuelta. Sin embargo, debían partir ya para que su informe llegara a tiempo y los elfos seleccionadores pudieran empezar a preparar cuanto antes los juguetes para cada niño. Era una tarea muy complicada pues tenían que cruzar los datos de las cartas que escribían los niños y niñas con los informes que elaboraban los elfos ojeadores, así que necesitaban tiempo para no equivocarse y realizar un buen trabajo. A veces, no era cuestión de regalar lo que los niños y niñas escribían en sus cartas, si no lo que realmente necesitaban para ser felices.

Elanor decidió que lo mejor sería viajar ambos en un solo trineo y que las cuatro fierecillas (Duna, Cora, Roko y Doki) tirarán de él. Utilizaron el de Rupher, ya que era más espacioso y podría descansar mientras Elanor lo conducía.

***

Esta vez el viaje hacia el Reino de Papá Noel fue más largo puesto que tuvieron que hacer varias paradas para que Rupher pudiera tomarse sus tisanas. Nada más llegar, Elanor se desvió hacia el oeste, camino de casa de su abuela Nela, para que inspeccionara el estado de salud de Rupher y le diera las medicinas necesarias.

Como era de esperar, la abuela Nela le recriminó a Elanor por no haber seguido la tradición familiar, una tradición que se remontaba tantos años atrás que nadie había sido capaz de averiguar quién la inició, ni cuándo. Era la primera elfa en su estirpe que renunciaba a ser nutricionista, y Nela se sentía disgustada.

—Pero tú siempre me has dicho que dedique mis esfuerzos a lo que me haga feliz, abuela. Y a mí lo que me hace feliz es ser ojeadora —le dijo Elanor.

—Lo que me preocupa, Elanor, es que menosprecies nuestro oficio. Alimentar correctamente a los demás no solo es una profesión antiquísima, sino que, además, es la profesión que nos ha ayudado a subsistir a lo largo de los siglos. Sin una correcta nutrición quizá ningún elfo sobreviviría a los inviernos polares. Nuestro estómago es pequeño y nuestro cuerpo no puede guardar grandes reservas para pasar días sin comer. Por tanto, estas deben ser de la mejor calidad.

—Lo sé abuela. Lo sé —contestó la elfa cabizbaja al saber a su abuela cargada de razón.

***

Pasaron la noche en su casa. Elanor estaba verdaderamente agotada y, al día siguiente, se le pegaron las sábanas. Cuando abrió los ojos, Rupher no estaba. Había ido a recoger unas flores en el bosque, pero con el frío que hacía no encontró ninguna, así que se conformó con recoger algunas piñas que, con mucho cariño, le entregó a Elanor.

—¿Y estas piñas? —preguntó ella.

—Son para ti, por cuidarme. Es que no he encontrado flores. Me he despertado hace unas horas y tu abuela me puesto al corriente de todo. Estabas muy cansada y no quise despertarte para emprender de nuevo el viaje.

—Ya te he dicho muchas veces que soy fuerte —le recriminó de nuevo Elanor.

—Lo sé, pero te has esforzado muchísimo por mí y ahora te toca a ti descansar. He preparado el trineo y, en cuanto nos tomemos el desayuno que ha preparado tu abuela, nos iremos al Gran Abeto Polar. Y esta vez, conduzco yo y duermes tú.

Elanor empezaba a pensar que, quizá, Rupher sí que valoraba su trabajo. Lo que pasa es que los cambios nos asustan a todos y, como le había explicado su padre, en una profesión que siempre ha sido desarrollada por elfos, cualquier elfa que quisiera hacer lo mismo iba a ser considerada una intrusa.

***

Finalmente, llegó el día de entrega de informes y, esta vez, Elanor no fue la primera vez en llegar al Gran Abeto Polar, sino la última y en el trineo de Rupher, lo que despertó muchas miradas y comentarios poco apropiados.

«Seguro que no ha sabido conducir el trineo —escuchó decir a un elfo por lo bajito—». «Debe estar agotada, pobrecita, esta profesión no es para elfinas —pudo oír también Rupher—».

Como era de esperar, bajo el Gran Abeto Polar se encontraba el Sr. Noel para recibir, uno por uno, todos los informes de manos de los elfos ojeadores. Cuando llegó el turno de Rupher y Elanor, Papá Noel se quedó pasmado. No sabía de la existencia de ninguna elfa en el gremio de los elfos ojeadores, y así se lo transmitió:

—Debe ser tu primera vez porque no te vi el año pasado. ¿Te ha gustado la experiencia? —le preguntó el Sr. Noel.

—Ha sido maravillosa, era mi sueño y todavía no puedo creer que lo haya logrado.

—Eres una elfa afortunada. Rupher proviene de una de las familias más antiguas y conocen trucos que ni yo he visto nunca.

***

Rupher no pudo contener la emoción cuando escuchó esas palabras en boca del mismísimo Papá Noel, y tampoco pudo evitar elogiar el gran trabajo realizado por Elanor.

—Afortunado soy yo, Sr. Noel. Elanor me ha salvado la vida en este viaje. Si no fuera por sus conocimientos sobre nutrición creo que nunca hubiera despertado.

—No sabía nada, Rupher. Me alegro de que haya quedado en un susto —contestó el Sr. Noel.

—Es ella quien ha tenido que redactar el informe y, por lo poco que he podido leer, parece estar muy completo.

—O sea, que tenemos entre nosotros una elfa con mucho talento —se alegró Papá Noel—. ¡Felicidades por tu trabajo, Elanor!

***

El Sr. Noel se dirigió a todos y, en especial, al elfo escribano para que tomara buena nota de lo que iba a decir:

Salvar la vida de un compañero es uno de los actos que bien merecen una ovación por parte de todos los demás elfos ojeadores.

Y fue él quien primero aplaudió, invitando a los demás a que también lo hicieran. A continuación, solicitó al elfo escribano que expidiera un título destacando su gran papel como elfa ojeadora y como compañera durante el año polar 2023. Le sería entregado personalmente por Papá Noel al terminar la campaña de Navidad.

***

Cuando finalizó la ceremonia de entrega de informes, y antes de partir cada uno por su lado, Elanor le dio las gracias a su amigo Rupher por haber defendido su trabajo. A ella le hacía inmensamente feliz poder dedicarse a la profesión que tanto le gustaba, y gracias a su aportación seguro que el año que viene la llamarían para la campaña navideña 2024.

—Te acerco a tu casa —afirmó Rupher un poco inseguro de sus palabras.

—Seguro que puedo hacerlo yo sola —bromeó Elanor.

—Seguro que no —bromeó también Rupher. A no ser que quieras ir andando, y con este frío invernal no creo que te apetezca mucho.

—Es broma, me haría muy feliz que me llevaras a casa. Además, las tradiciones están para romperlas. Las mías también.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado y por la chimenea se ha esfumado.

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